Navidad

Nacer de nuevo Juan 5,1-8
Estamos en vísperas de Navidad, el misterio más grande y decisivo para la humanidad. En que Dios decide unirse en la forma más extrema a su criatura.
En que tampoco trepida en hacerlo en la forma más humillante, sin saltarse la menor etapa de la gestación humana, Y para lo cual, elige encarnarse en el seno de una humilde niña virgen. (No desdeñaste hacerte hombre en el seno de una virgen) Es decir, elige, nacer como cualquier ser humano.
¿Qué le hubiéramos dicho a Dios si nos hubiera consultado sobre este proyecto? ¿No le habríamos dicho que lo encontrábamos lo más descabellado, lo más impropio de un creador del universo? ¿Qué podía esperarse de los hombres viendo a Dios nacer como un niño, cuando ni Adán respetó la voluntad de Dios, a pesar de ver su gloria de creador?
Creo, sin embargo, que esta locura de Dios era indispensable para remecernos, pienso que es tal la dureza de nuestro corazón humano, nuestra gruesa capa de egoísmo, y de ceguera que era necesario esa extrema manera de hacerse hombre.
Ahora bien, si es bueno maravillarse de que Dios haya nacido aquí, abajo, entre nosotros, vale la pena también admirarse de que gracias a su nacimiento, nosotros hayamos nacido allá arriba, en el cielo. Sí, ¿Cómo puede ser eso nacer de arriba?
Desde luego, parece lógico que así como Jesús para entrar en el reino de los hombres tuvo que nacer de abajo, nosotros para entrar en el reino de Dios tenemos que nacer de nuevo y de arriba.
Decimos que vivimos, porque pensamos, y actuamos, pero esto puede no ser más que vida según la carne. Y es que solo Dios, solo su Espíritu, puede engendrarnos a una nueva vida, y darnos un nuevo ser, para entrar en Reino de los cielos. “En verdad te digo, que quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos.”(Jn 3,5).
Esta verdad, de nuestra incapacidad espiritual s. Pablo, la explica más, cuando dice: “siendo nosotros esclavos de toda clase de concupiscencias y placeres, nos salvó Jesús, no por las obras justas que hayamos hecho, sino por su misericordia, mediante el baño de la regeneración y renovación del Espíritu Santo.” (Tit. 3,5). En otras palabras, por medio del bautismo.
Esto lo sabemos y lo creemos: solo por el bautismo podemos nacer a esta nueva vida. Pero lo lamentable es que esto ya no nos maravilla como maravilló a Nicodemo. Jesús le dice a éste: “no te maravilles de que te haya dicho: Es preciso nacer de arriba.” Y agrega algo importante, “El viento sopla donde quiere, y oyes su voz pero no sabes de donde viene ni a donde va; así es todo nacido del espíritu” v.8
El viento para toda persona sencilla, es símbolo de misterio. De misterio porque se siente, se oye, pero no se ve. Su fuerza puede ser espantosa pero no se ve en si mismo, sino por sus efectos, las nubes se mueven, los árboles pueden ser arrancados de cuajo y las casas volar.
Así también los efectos de este viento del Espíritu son inconfundibles para San Pablo que los nombra: Amor, gozo, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre templanza. (Gal 5,22).
Como también nombra los tremendos efectos de la carne: “fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, iras, divisiones, envidias, homicidios, embriagueces, orgías…todas cosas que quienes la hacen no heredaran el reino de Dios. “ (Gal 5,15-21).
Este cuadro comparativo de las dos situaciones, creo que nos remece, porque nos presenta sin atenuantes lo que podrían ser nuestras vidas según el camino que escogiéramos.
Entonces, ¡Cómo no agradecer a Dios el haber nacido en un hogar cristiano, de padres que nos bautizaron sin preguntarnos si queríamos nacer de arriba, del cielo o quedarnos solo de abajo, de la tierra! ¡Como no agradecer, que a pesar de nuestra torpeza, el Señor nos haya traído al monasterio!
Se lo debemos al Señor en primer lugar y al bautismo como su instrumento, porque por medio de Él, el Señor nos lavó y nos injertó en su propia vida divina. Pero el bautismo solo fue el inicio de este nuevo nacimiento.
Allí se nos dio todo en germen, y por lo tanto con razón se dice que toda la tarea del cristiano consiste en desarrollar ese germen, esa enorme virtualidad, o potencialidad del sacramento del bautismo.
Solo así se puede llegar a vivir según el Espíritu, vida en que no es uno el que dirige, sino el Espíritu. Si esa semilla divina que hemos recibido no crece al mismo paso que crecemos como persona, esa semilla puede quedar estancada por nuestra flojera.
Pero, peor aun, como nuestra lucha no solo contra la carne y la sangre, sino contra el príncipe de este mundo, que lo único que quiere es nuestro fracaso espiritual, podemos llegar muy abajo a pesar de las buenas apariencias y por eso es demasiado lo que está en juego.
A la luz de todo lo dicho, me parece que fuera de meditar sobre la venida del Señor, sobre el misterio maravilloso de su encarnación, en esta Navidad, conviene meditar también, sobre nuestro propio nacimiento en Dios.
Porque si el Señor se encarnó, fue precisamente para esto, para nuestro propio nacimiento en su Espíritu. Por lo tanto creo que le agradaría enormemente vernos en esta Navidad, tomar más conciencia de nuestro propio nacimiento de arriba, de nuestro propio bautismo.
Así como el nacimiento del Señor siendo un hecho puntual, histórico, sin embargo, trasciende el tiempo de modo que hoy nace para nosotros:” Hoy nos ha nacido el Salvador” cantamos en la liturgia que actualiza todo el misterio cristiano ; así también pasa con nuestro propio nacimiento bautismal.
Resulta que nuestro bautismo también fue un hecho puntual en el tiempo, hace x años, pero Dios no nos engendró espiritualmente de una vez para siempre, sino que nos está engendrando permanentemente, por tanto a cada instante, tenemos que estar naciendo de lo alto porque de otro modo nos estancaríamos y moriríamos espiritualmente.
Con la vida espiritual pasa lo mismo que con la vida natural, de Dios estamos recibiendo a cada instante la existencia “ya que en El vivimos, nos movemos y existimos “ (Hch 17,28).
La conciencia de esta realidad, ciertamente nos ayuda a vivir en la presencia de Dios del cual dependemos absolutamente porque “Sin mí nada podéis hacer” (Juan 15,5).
Nuestra vida espiritual está íntimamente relacionada con este nacer de lo alto permanente, pues nos hace permanecer unidos como el sarmiento a la vid Jesucristo, del cual recibimos gota a gota la Vida con mayúscula.
Cada año en la noche Pascual renovamos nuestro bautismo solemnemente, ahora quizás, sin tanta solemnidad, pero más concientemente, podemos renovarlo en nuestra intimidad.
Del mismo modo esta mayor toma de conciencia, puede llevarnos a dar gracias a Dios por todas las personas que providencialmente fueron instrumento para nuestro nacimiento de lo alto, partiendo por nuestros padres.
Si oyereis hoy el llamado de Dios no endurezcáis vuestros corazones.








